Economía

Los niños de la guerra: en 20 días Colón enterró a seis adolescentes

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Las fuerzas de Israel controlan los accesos a las rutas que conectan a los distintos territorios palestinos. / Anadolu via Getty Images Las fuerzas de Israel controlan los accesos a las rutas que conectan a los distintos territorios palestinos. / Anadolu via Getty Images

Usaba su uniforme escolar cuando la muerte lo sorprendió; camisa blanca y pantalón negro. Emir Elías Escobar, de 17 años, se disponía a ingresar al Instituto de Estudios Tecnológicos de Colón cuando sus verdugos lo sorprendieron. Fue rápido. Una bala en la cabeza, otra en el tórax. Lo trasladaron al hospital Manuel Amador Guerrero para intentar salvarle la vida, pero murió.

El hecho ocurrió durante la mañana del martes 26 de mayo.

Carlos González, subcomisionado de la Policía Nacional responsable de la zona policial de Colón, informó que no claudicaron hasta hallar a los responsables del crimen.

El crimen de Emir se sumó a una cadena de homicidios que durante mayo sacudió a Colón.

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Misil desde barco

‘No era un niño de problema, me quitaron mi corazón’

El pasado 7 de mayo, otro estudiante de 16 años fue asesinado tras quedar en medio de una balacera en Nueva Providencia. Al igual que Emir Escobar, también llevaba puesto el uniforme de su escuela.

Las balas también cobraron la vida de Jaseph Bustamante, de 14 años, en un hecho ocurrido el 8 de mayo en Altos de Los Portales, San Judas, Cativá.

Otros cuatro adolescentes de 14, 15 y 18 años resultaron heridos.

Jaseph era basquetbolista. Los que lo conocieron afirman que tenía futuro en ese deporte y que soñaba con abrirse camino a través de las canchas.

Joyce Manchón, su madre, dice que perdió al amor de su vida. Llora. No sabe que hacer. “Mi hijo no era un niño de problemas. Mi hijo amaba el básquet y yo hacía tantos sacrificios para llevarlo a práctica. Le echaba ganas. No era de problemas. No sé qué está pasando con estos jóvenes hoy en día. No tienen corazón. Me quitaron mi corazón. Era la luz de mis ojos”.

El 13 de mayo se encontraron los restos de Cristian Ortega, de 17 años. Su cuerpo fue hallado en un bosque de Cativá. Su familia lo buscaba desde hace más de un mes.

Un día después, el 14 de mayo, asesinaron a Jorge Rodríguez en Santa Rita arriba. Tenía 15 años.

El 27 de mayo otro crimen sacudió a Cativá. Un adolescente de 17 años fue acribillado a tiros. Su cuerpo fue hallado en medio de herbazales. Se llamaba Ariel.

Entre el 7 y el 27 de mayo, al menos seis adolescentes y jóvenes de entre 14 y 17 años fueron asesinados en Colón.

El crimen no para

Para el investigador social Gilberto Toro, la raíz del problema no es policial sino estructural. Panamá nunca tuvo una política de seguridad de Estado, y esa ausencia cobra factura cada vez que cambia el gobierno.

“Mientras en el sistema de prevención lo que tenemos es una trayectoria de discontinuidad, el crimen no para: se renueva, se fortalece y mejora”, advierte. Y remata con una paradoja que incomoda: “El único que ha demostrado tener el apellido de organizado es, lamentablemente, el crimen”.

Toro advierte que la oferta criminal resulta atractiva precisamente porque el Estado no ofrece alternativas reales. En Colón, afirma, la desigualdad, el desempleo y el deterioro de la calidad de vida convierten a los jóvenes en ciudadanos invisibles que buscan visibilidad por otros caminos.

“Cuando se incursiona en ese mundo es para tener cosas, pero también para existir, porque en los sistemas donde no hay equidad, la mayoría de los ciudadanos pasan a ser invisibles”, explica.

Pese a que es una de las provincias que más riqueza genera para el país, gracias a su posición estratégica alrededor del Canal de Panamá, el ferrocarril transístmico y la Zona Libre, el desempleo en Colón ronda el 10%.

El investigador afirma que los trabajadores informales que salen a buscar un dólar diario engrosan las estadísticas de ocupación y disimulan una necesidad real mucho mayor. Esa precariedad, combinada con la incertidumbre y el alto costo de vida, empuja incluso a personas con trabajo estable hacia el consumo de drogas o hacia el “extra” que ofrece la corrupción o el crimen.

“El narcomenudeo se ha convertido en uno de los principales emprendimientos de familia en la república”, afirma sin rodeos.

Historia de abandono institucional

Para la diputada Yamireliz Chong, del circuito 3-1 de Colón, detrás de cada joven reclutado por una pandilla hay una historia de abandono institucional.

“Un niño de 10, 14 o 16 años no sueña con ser un asesino o pandillero. Sueña con tener una profesión, vivir de su talento”, afirma.

A su juicio, la corrupción, la desigualdad y la pobreza sostenida por gobiernos sucesivos erosionaron esas aspiraciones y convirtieron a familias enteras en terreno fértil para las estructuras criminales que ocuparon el espacio que el Estado dejó vacío.

Chong también cuestiona el discurso oficial sobre la inseguridad. “Escuchar constantemente que la culpa es de los jueces no es una estrategia de seguridad”, señala, y advierte que gobernar implica asumir responsabilidad y liderar soluciones integrales, no repartir culpas entre órganos del Estado.

La diputada colonense pone el dedo en la llaga sobre la paradoja económica de la provincia. “¿De qué nos vale ser la segunda provincia que más aporta al PIB si nuestros jóvenes están muriendo en las mismas calles por las que pasan millones de dólares que no se destinan para su protección, educación o desarrollo?”, pregunta, y reclama para Colón una universidad completa y oportunidades laborales reales, no solo estadios o canchas de fútbol.

La versión de la Policía Nacional

Las autoridades de seguridad, mientras tanto, argumentan que buena parte de la violencia que golpea a Colón responde a disputas entre estructuras criminales que buscan controlar territorios y rutas vinculadas al narcotráfico. El director de la Policía Nacional, Jaime Fernández, aseguró a este medio que una fractura del grupo criminal G for Life dio origen al llamado Grupo Roca, al que atribuye una parte importante de los homicidios registrados por estos días en la provincia.

Según Fernández, el fenómeno se concentra especialmente en sectores como el casco de Colón, Alto de Los Lagos y Cristóbal, donde pequeñas células pandilleras mantienen disputas constantes por espacios de operación.

‘Hay niños de 12 años con varios homicidios encima’

La Policía también ha identificado una creciente participación de adolescentes en actividades delictivas. Fernández contó que han detectado menores de edad involucrados en crímenes.

“Hay niños de 12 años que ya tienen varios homicidios encima”, aseguró. El jefe de la policía atribuyó parte de este fenómeno al reclutamiento de menores por parte de organizaciones criminales que buscan aprovechar las limitaciones del sistema penal juvenil.

Lo que muestran los expedientes

Los registros del Ministerio Público reflejan la dimensión del fenómeno. Entre enero y abril de 2026, las Fiscalías Superiores de Adolescentes recibieron 1,526 denuncias por hechos delictivos atribuidos a menores de edad.

De ese total, 258 correspondieron a delitos contra la vida y la integridad personal.

Colón registró 104 denuncias, por lo que se ubica entre las jurisdicciones con mayor incidencia del país, solo por detrás de Panamá, Panamá Oeste y Chiriquí.

Los números sugieren que la violencia juvenil ya no es un fenómeno marginal, sino una expresión cada vez más visible de la crisis de seguridad que atraviesa varias comunidades panameñas.

Tres de cada 10 víctimas de homicidio son jóvenes

Pero Colón no es una excepción. Es el espejo más crudo de un problema nacional. Las estadísticas del primer cuatrimestre de 2026 revelan que de los 193 homicidios registrados en todo Panamá hasta abril pasado, el 30% de las víctimas son jóvenes menores de 25 años.

Es decir, tres de cada 10 víctimas de homicidio son jóvenes.

El crimen organizado, el control territorial de las pandillas y el fenómeno del sicariato continúan reclutando o cobrando la vida de los eslabones más vulnerables de la sociedad panameña.

En la visión de Toro, mientras el Estado siga llegando tarde a los barrios y las oportunidades sigan siendo más escasas que las armas, nuevos Emir, Jaseph, Cristian, Jorge y otros adolescentes seguirán apareciendo en las estadísticas.

Joyce Manchón lo sabe mejor que nadie. Desde que mataron a Jaseph, dice que no sabe si vivir o seguir. Pero tiene un hijo de 10 años. Y en Colón, tener un hijo de 10 años hoy es vivir con el miedo de que la historia se repita.